lunes, 8 de octubre de 2007

Será el paso del tiempo..


De pequeña siempre quise ser una princesita. Sí, lo confieso: era una niña repollo a la que le encantaba vestir de rosa de la cabeza a los pies y que soñaba con que algún día viniera un príncipe al rescate. Mi favorita era Ariel, la sirenita, a la que imitaba cada vez que llegaba el verano, poniéndome a nadar de lado y juntando bien los pies, como si tuviera cola en lugar de piernas. Con el tiempo me fui dando cuenta de que, de identificarme con alguna, debería hacerlo con la Bella Durmiente, porque lo que realmente se me da bien es tirarme a dormir y no hacer nada en todo el día, sólo esperar a que aparezca el príncipe. El caso es que dentro de mis fantásticas ideas de cómo debería ser una princesa, el equipo incluia vestidito con la mayor cantidad de lazos posibles, con un velo o algo en la cabeza (la corona era demasiado ostentosa), y, por supuesto, el pelo largo, liso y brillante. Pero había algo que no funcionaba: cada vez que empezaba a tener pelo de princesita, venía mi madre, tijeras en mano, y cortaba esa melenita que tanto me gustaba.


Pasados los años, me he dado cuenta de que lo de ser princesa hoy en día es difícil, más aún encontrar un príncipe azul que te rescate a lomos de un caballo. El pelo liso y largo se convirtió en rizado cuando los genes de mi padre se decidieron a expresarse, por ahí en mis 13-14 años. Acabé odiando el color rosa y los vestiditos (salvo contadas ocasiones), me dan cierto repelús. En cambio, la manía de llevar el pelo largo.....esa sí que se ha mantenido. Nunca pude hacerlo mientras mi madre estaba al mando, y aún cuando ya no lo estaba, me cansaba enseguida, y acababa todo en una visita rápida a la peluquería de toda la vida, y ris-ras, tijeretazo por aquí, secador por allá, salía con el pelo corto (por los hombros, nunca más arriba). Hasta que un día me rebelé y decidí darme el capricho de mi vida: dejarme el pelo laaaaaaaargo hasta la cintura. He estado a punto de conseguirlo. Pero ayer, y gracias a un cruce de cables, agarré las tijeras y, en 15 minutos, corté la melena que llevaba casi un año dejando crecer sin cortar nada más que las puntas una vez. Me lo he dejado por los hombros (¡cobarde que soy!), acabando con la fantasía infantil que tanto tiempo había perseguido. Ahora me siento rara, me falta algo...aunque no ha debido de ser muy radical cuando nadie se ha dado cuenta (sólo una persona, una amiga, pero claro, es chica, y nosotras nos fijamos más en esas cosas).


En fin, tal vez me esté haciendo mayor....