
Nunca me ha gustado desayunar. Todos los expertos dicen que es la comida más importante del día, que es "supermegasano que lo flipas" sentarte unos 20 minutos y tomarte, ni más ni menos, que : zumo por la vitamina C, cereales por los carbohidratos, leche o yogurth por el calcio, fruta por lo sana que es y también por las dichosas vitaminas, tostadas de pan por la fibra y así hasta completar una larga lista de alimentos beneficiosos y energéticos que nos ayudan a llegar a la hora de comer con el mayor ánimo posible. Pero yo, rebelde de la vida que soy, siempre me negué a engullir alimentos sólidos antes de las 10 de la mañana. De hecho, mi cuerpo rechaza cualquier tipo de comilona a esas horas. Aún hoy en día, si quiero desayunar algo más consistente que un café con leche, debo levantarme como muy temprano a las 9.
Visto el panorama, mi madre decidió comprarnos a mi hermana y a mi el cola-cao, maravilloso invento. Sabía a chocolate y según su publicidad, tiene un montón de vitaminas y es muy energético y saludable. Ya que la niña no come, al menos que se tome un colacao. Y en algo funcionó. Empezaron con las tacitas y acabaron por conseguir que la niña se comiera galletas mojada en colacao! Y eso ya era todo un paso. La costumbre de las galletas se mantuvo hasta hace bien poco, pero unos 2 o 3 años atrás, los amigos de Fontaneda cambiaron la receta y, de la noche a la mañana, las galletas que antes me chiflaban, porque las metías en la leche caliente y se deshacían, de pronto se habían convertido en cosas cuadradas que, aunque las tuvieras media hora en remojo en un colacao hirviendo, seguían estando crujientes y molestas al paladar. Ya nunca más volvió a ser lo mismo tomarse un colacao con galletas.
Toda esta historia se me vino a la cabeza estos días de navidad, gracias a los amigos de Cuétara (otros pajarracos malnacidos), a los que siempre comprábamos, para mi regocijo, su caja de "Surtido", que yo devoraba también de cría cada navidad, mientras los mayores comían turrón (alimento que odio con todas mis fuerzas, excepto el suchard, claro!). Pero el surtido cuétara, que hacía tiempo que no entraba en casa, también ha mejorado su fórmula, ha suprimido algunas galletas y las ha cambiado por otras raras, y las que siguen siendo las mismas, no tienen el mismo sabor ni de lejos que aquellas que había en la época en la que aún creía que Baltasar me dejaba muchos regalos por lo bien que limpiaba los zapatos la noche antes de Reyes.
Y todo esto , ¿para qué? ¿qué importancia tendrá que las galletas ya no sepan como antes? No lo sé, tal vez sea sólo una señal más de que el tiempo todo lo cambia, y aunque aún quedemos nostálgicos de los viejos tiempos, la cuestión es adaptarse o morir. Darwin no mentía. En un mundo competitivo, sólo los mejor preparados podrán salir adelante. Supongo que en el fondo esto es sólo mi forma de protestar por tener que crecer. Me resisto a entrar en la siguiente fase de mi vida, esa de adulto-todavía-joven, o adulto-primerizo, como quieran llamarlo. Lo suficientemente mayor como para que ya no me "mole" la ropa de Bershka, no me apetezca pasarme la tarde en un parque con los colegas o para que eso del botellón me guste más hacerlo en casa que en la calle; pero también lo suficientemente joven como para no vestirme en la planta de señoras del corte inglés, para que los adultos sigan sin tomarme en serio, demasiado joven para el té de las cinco, y suficientemente ingenua como para creer que todavía se puede cambiar el mundo con un voto acertado en las urnas.
En estos días en que el año se acaba, quién pudiera congelar el tiempo para no seguir creciendo, hacer realidad el sueño de Peter Pan. Yo todavía sigo buscando el país de Nunca Jamás. ¿Alguien se apunta a buscarlo conmigo?